Autora: Edith Eger
Resumen por: Helena Noyola
El sufrimiento es inevitable. Nadie se salva. Pero la clave de nuestra libertad —ese tesoro tan frágil y poderoso— no está en lo que nos pasa, sino en cómo elegimos responder. Esa es la esencia de la terapia de la elección. Mi paso por Auschwitz me enseñó que, incluso en el infierno, podía elegir el amor, la dignidad y la esperanza. Y esa elección me salvó.
Mi trabajo como terapeuta no se centra en eliminar el dolor o prometer una vida sin cicatrices. Se trata de guiarte a encontrar el sentido y la fuerza dentro de ti. Como decía Victor Frankl, nuestro sufrimiento puede convertirse en nuestra mejor maestra.
La libertad exige esperanza: la conciencia de que el sufrimiento es temporal y la curiosidad de descubrir qué viene después. La esperanza no es una fantasía edulcorada; es una postura valiente que nos permite vivir en el presente y romper los barrotes invisibles que nos aprisionan.
Las víctimas preguntan: “¿Por qué a mí?”. Los supervivientes preguntan: “¿Y ahora qué?”. Cuando te quedas atascada en el “por qué”, buscas culpas y te anclas en el pasado. Preguntarte “¿y ahora qué?” es la primera llave para salir de la cárcel mental del victimismo.
El victimismo es el rigor mortis de la mente: nos inmoviliza, nos impide crecer y convierte la vida en un memorial constante de lo que no tenemos. Sí, las lágrimas son buenas; son minas de oro emocionales que nos conectan con la verdad. Pero llorar no es quedarte ahí. Es moverte.
Cuando dejamos de pelear contra lo que nos duele, cuando nos abrimos al momento, ganamos energía para preguntarnos: “¿Qué quiero hacer con esto?”. La libertad tiene un precio: responsabilidad.
Y en esa responsabilidad radica la oportunidad de mirarte al espejo y decir: “Te quiero. No te abandonaré jamás”.
Intentar animar a otros para que “no se sientan mal” es robarles su experiencia. Nunca puedes saber cómo se siente alguien, porque no eres esa persona. La verdadera empatía es decir: “Cuéntame más” y acompañar. Lo contrario de la depresión no es la felicidad: es la expresión.
Las emociones no expresadas se quedan atrapadas en el cuerpo, se transforman en enfermedad. La represión es veneno lento. La solución no es medicarte para tapar lo que sientes, sino sentarte con ese dolor, mirarlo a la cara y decir: “No eres mi identidad. Eres una emoción que va a pasar”.
No busques tapar, no busques distraer. Permítete sentir. Solo así podrás soltar y avanzar.